THE GRAMMAR OF DESIRE / BODY OF DISSENT
Pla ART AGENCY presenta Un jardín, seis pulsiones
Una exposición colectiva compuesta por la obra de seis artistas que comparten una pulsión común: volver al origen. Son piezas de Julia Anna, Jaume Cremades, Marco Laborda, Alfonso Reyes, Andrea Van Eyck y Ronald Zambrano. Sus obras se enlazan en un jardín emocional donde el sentimiento se convierte en un hilo conductor y el arte se revela como una experiencia compartida. La muestra se presenta como un pulso lento del subconsciente, a la espera previa de la floración. Antes de la forma, el color o la razón, el espectador es invitado a un encuentro íntimo con lo latente.
El texto de sala, escrito por Gabriel Pons, (comisario independiente) parte de la idea de que el arte es, ante todo, sentimiento —como lo afirmaba John Constable en 1821: “Painting is but another word for feeling”— la muestra propone olvidar, aunque sea por un momento, la trascendencia de los conceptos y dejar que la obra se sostenga en su esencia primigenia: la emoción. “Un jardín, seis pulsiones”, parte de la metáfora del jardín como espejo del alma, un espacio inagotable donde cada recoveco alberga una pulsión y una historia. En él, la creación se teje gracias al hilo de la expresión, como un deseo profundo de exteriorizar lo que permanece en el interior y de ofrecer al espectador un reflejo de sí mismo.
La exposición plantea un oasis: un vasto territorio donde el color y la oscuridad conviven, donde la calma y la intensidad se entrelazan, donde lo frágil y lo primigenio se encuentran. Se trata de un jardín formado por seis parcelas individuales, cada una con su identidad y su pulso propio, pero todas conectadas por un mismo tejido emocional. “Un jardín, seis pulsiones” invita a adentrarse en un espacio donde la emoción deja de ser debilidad para convertirse en fuerza: un refugio de empatía y sensibilidad, donde lo que alguna vez hemos sentido se vuelve tangible y se transforma en un territorio común.
UN JARDÍN. SEIS PULSIONES. Texto de Gabriel Pons
“Painting is but another word for feeling” – John Constable, 1821 [1]
¿Qué trama entrelazada podemos encontrar en el arte? Si olvidamos, por un momento, la trascendencia de los conceptos, apartando a un lado descripciones, interpretaciones y justificaciones, y dejamos que todo se asiente en su esencia más primigenia, llegamos a una indubitable conclusión: el hilo que entrelaza toda obra es el sentimiento, esa fuerza que la hace vibrar y reconocerse como causante de emociones. Entonces aparece la idea de un jardín; un bello e inagotable espacio, repleto de pequeños recovecos donde el alma humana se expresa en todas sus vertientes, donde la creación se teje gracias al filamento expresión. Una creación que nace del profundo deseo de exteriorizar aquello que se encierra en nuestro interior, de que un ser externo contemple el verde paraje y vea reflejado su propio ser.
Mas allá de una ordenación tangible de la naturaleza, el jardín ha servido en innumerables ocasiones como un espejo del alma. Un personaje omnipresente en la literatura universal cuyas características son el símil de una historia por contar. Un símbolo sobre las emociones más variadas y primigenias, una metáfora que ha mantenido su relevancia a lo largo de los siglos. Desde las grandes obras de la Antigüedad clásica, los huertos y praderas han servido de escenarios evocadores de los sentimientos transmitidos. Desde un jardín transformado en símbolo de paraíso y perfección, pasando por una mirada nostálgica al pasado hasta un espacio de conflicto, estos recintos han sido reflejo de la psique humana, un manifiesto donde observarse a sí mismo ante la grandeza gobernada de la naturaleza. Imaginemos un oasis: un vasto espacio cuyas ramificaciones abrazan la oscuridad y el color; donde encontramos la calma y la sanación, lo impulsivo y lo pausado, lo frágil y lo primigenio. Una pradera tejida por mil manos, un lugar de reunión para la comprensión, un territorio donde cada emoción encuentra su terreno. Imaginemos que el espacio físico es ese vasto jardín donde encontrar todas las acepciones previamente descritas.
Encontramos seis parcelas con historias y pulsiones individuales que se entremezclan entre sí. Un extenso oasis que se despliega en pequeños rincones de identidad propia, cuyas emociones y pulsiones tejen, entre sí, un símil común reflejado en la naturaleza.
L. Dentro del jardín se resguarda un huerto donde la naturaleza se concede tiempo: germina y crece obedeciendo a un ritmo íntimo y propio. Un silencio atento se apodera del vergel, como una promesa pausada de lo que aún no ha sucedido.
Z. En el edén existe una parcela donde la conciencia se retira y cede el paso a la dimensión más instintiva del color. Un enfrentamiento sereno se despliega entre una línea conceptual y las herencias ancestrales de diversas culturas, como un diálogo silencioso que trasciende el tiempo.
R. En un rincón del extenso jardín emerge un estallido de color, fruto de una pulsión necesaria para con la expresión. El gesto ocupa el centro, afirmándose como territorio y voz, a través de un torbellino cromático, que parece recorrer cada fibra de este colorido espacio.
A. Entramos en un espacio íntimo, resguardado del mundo, donde la fragilidad se vuelve fortaleza gracias a la comunidad. Un vergel sosegado, de emociones compartidas, de historias que, como una hiedra, se entrelazan en una memoria común, un hilo invisible que nos une.
C. El jardín se abre, se vuelve tangible, la naturaleza cobra un protagonismo desacostumbrado como metáfora de nuestro instinto más primigenio; metáfora de una pulsión originaria, de una liberación emocional manifestada en cada forma, yuxtaposición y color.
A.V. Una voz recorre el jardín, un murmullo inalterable que expresa, con serena garra, las sensaciones contenidas en nuestro vasto edén. Una hebra invisible, un pulso común que reúne y engrosa todo aquello que un artista quiere expresar. El sentimiento es la lengua compartida. Adentrémonos en ese vasto jardín, donde todo aquello que alguna vez hemos sentido se vuelve tangible, donde la empatía y la emoción no se perciben como debilidades, sino como fuerzas que nos sostienen y nos empujan hacía adelante. Un refugio tejido de emociones, un jardín que nos reúne.
GABRIEL PONS
[1] “La pintura es sinónimo de sentimiento” – John Constable, 1821






